miércoles, 14 de enero de 2009

La sal de la vida

marian pessah

Este texto es de reciente publicación en Snister Wisdom 74, Lesbianas Latinas, cuya editora es Juanita Ramos.

La gran enseñanza me la dio mi viejo. De niña vivía en una casa en la que tanto mi madre como mi padre trabajaban todo el día. Ellos, como tantas otras personas, hacían malabares buscando ese mango que nos hiciera morfar[1], pero yo notaba que al volver a casa se producía una diferencia sustancial.
Él, se sacaba los zapatos con las preocupaciones del día, y se ponía las pantuflas del confort. Junto con un vaso de whisky se sentaba en su sillón a leer, a veces el diario, otras un libro.
Ella, a quien también le gustaba leer, no tenía la misma opción, ni siquiera sillón propio. Debía continuar y comenzar su otro trabajo, su segunda jornada – la sin salario – la de la casa, las hijas, la cena.
Mientras comíamos, el rey con voz ronca y temerosa decía: a la comida le falta sal. Mi mamá, que no se asemejaba en nada a una reina, creía que era su deber atender a las necesidades masculinas. Con el cansancio a cuestas y su espalda encorvada, se levantaba y la buscaba. Otras veces nos pedía a mi hermana o a mí que lo hiciéramos. A pesar de la pena que me daba ver su extenuación, nunca obedecí a ese pedido. Entendía que si la comida estaba poco salada, él también tenía condiciones físicas de pararse y buscar los condimentos necesarios. Un grito fuerte de su alteza hacía vibrar los vidrios, parecía un feroz rayo pero no conseguía partir el falso castillo.
El fuerte alarido ordenaba que me fuera a dormir, sin terminar de comer. Mi madre, aunque mordiera sus labios con rabia, nunca contradecía las leyes monárquicas-patriarcales.

Han pasado más de tres largas décadas y esos episodios aún dan vueltas en mi cabeza. Me pregunto qué es la rebeldía sino las ganas de detener ese mundo, la necesidad de cambiar su dirección, gritar injusticias. Deseos de construir nuevas realidades y poder habitarlas.

Rápidamente comprendí que la vida no era igual para unas que para otros. Mi casa no se parecía a los cuentos infantiles que fantásticamente me daban para leer. En ellos, la mujer del rey era la reina. Gracias a mi curiosidad empecé a observar lo que sucedía a mi alrededor. Siempre lo mismo. Sólo cambiaban los actores, las actrices. En todas las casas mandaban los hombres y las mujeres debían obedecer. Parecía una monótona telenovela sin mucha imaginación.

Tenía un dolor tan fuerte dentro mío, que necesitaba expresarme. Deseaba gritarle al mundo que no quería vivir así, ni ser cómplice de ese juego macabro. Un día supe que mi rebeldía tenía nombre, se llamaba feminismo. Me iría enterando también que había todo un movimiento social y político, inclusive, que existía mucha bibliografía al respecto y otras mujeres habían sentido ese mismo dolor. Yo no estaba sola.

Al continuar con mis interrogantes, me preguntaba si el amor debería venir únicamente de la “mano” de un hombre, del príncipe azul, ese que después del casa-miento se calzaría las pantuflas y bebería whisky confortablemente mientras yo debería continuar la segunda jornada.
Un NO rotundo se imponía frente a esa cárcel social. A la mentira de la casa.

Un día me descubrí encantada mirando a unas chicas. Las que a mí me gustaban no eran las rubias y flaquitas, sino las que tenían firmeza, decisión en sus actitudes, ideas propias. ¿Sería posible con una conciencia tan despierta enamorarme de un hombre, de un representante de la opresión?

En esa época, como consecuencia de mis búsquedas, mis amigas eran mujeres y cuando estaba entre lesbianas me sentía mucho más cómoda, a veces era como hablar una misma lengua. Había cosas implícitas que dentro de la sociedad heterosexual no encontraba. Pero mi lesbianidad no era un hecho puramente sexual, tampoco la consideraba una orientación a nada.
Con el tiempo descubrí que el hecho de ser lesbiana no era sinónimo de trasgresión, tampoco una siamesa de la rebeldía. Habíamos muchas con diversidad de inquietudes, gustos, his-herstorias y sueños. Otro largo camino a recorrer se presentaba. Lo que tenía nuestra existencia lesbiana era la tierra fértil para plantar y trabajar las ideas feministas, pensar en otros mundos donde las relaciones de poder no nacieran de forma arbitraria, con la balanza inclinada siempre para el mismo lado.

Un día llegó a mis manos una convocatoria a una reunión de lesbianas feministas. Mis ojos se iluminaron, era lo que sin saber estaba necesitando. Empezaba a sentir que por fin estaba entre pares. En esas reuniones fui descubriendo todo ese patriarcado impuesto que de niñas nos enseñaban como “bueno,” esa misoginia que los hombres desarrollaron con tanta meticulosidad para que nosotras fuéramos fieles sumisas a los patrones. Por más que yo me rebelara a muchas imposiciones, no tenía conciencia de la maquinaria feroz que envolvía esta ideología de dominación.
Recuerdo esas noches de descubrimientos. Nos reuníamos en casa de alguna de nosotras y leíamos textos que nos llevaban a la pasión. Discutíamos acaloradamente, siempre alguna del grupo contaba sus experiencias. Así fui comprendiendo que la lesbofobia también estaba adentro nuestros y había que conocerla y aceptarla para extirparla de nuestros cuerpos.

De ahí fueron saliendo deseos-acciones encaminadas a destruir ese mundo heredado al cual no queremos pertenecer. Juntas empezamos a imaginar que somos las arquitectas, ingenieras, artistas y creadoras de los sueños que sí deseamos habitar. Fuimos abriendo camino a nuestras rebeldías y deseos más profundos.


Así comenzaba mi lucha. Era la única forma de transformar mi rabia en acción.
Así fue como pude pasar de la soledad de lo personal a lo colektivo de lo polítiko.
¡Y yo no era la única que tenía estas inquietudes!



[1]
Aquí parafraseo al tango “Yira, Yira”. Mango es billete, dinero. Morfar es comer. Son palabras en lunfardo, lenguaje típico del tango.